Esta columna quedó bautizada como ‘Balones fuera de órbita’ en una especie de homenaje a un cutrefilm que parodia a las películas de ciencia ficción con naves espaciales tipo Stark Trek, ‘Héroes fuera de órbita’ (1999) con Tim Allen y Sigourney Weaver. Además era también el título de un proyecto de programa de televisión bastante freak en el que se analizaba la jornada futbolística desde una nave espacial y con Juan Banderas disfrazado de marciano, amén de Sandoval como una especie de Doctor Spock y otra serie de secciones y personajes entre disparatados y sesudos.
Por otro lado, adoro a
esos futbolistas que llevan una trayectoria fuera de cualquier órbita que
podamos considerar convencional, a los antihéroes fuera de órbita y pasados de
vueltas.
En un ranking de aquellos
que perpetraban Pepe Navarro y Pepelu mientras se ahogaban en su Mississipi,
podríamos adjudicar el número diez a Borge Mathiensen. Si la bahía santanderina
hubiese tenido vino en lugar de agua ahora iríamos caminando a Somo. Más de una
vez le recogieron durmiendo en la calle para ir a jugar el partido. El famoso
bimotor del Racing, Herrero-Mathiensen, no funcionaba con gasolina sino con
alcohol.
El número nueve se lo
dedico a Robert Prosinecki, fumador empedernido y que me dejó una vez
impresionado echando miles de pesetas a una máquina tragaperras de Oviedo.
¡Dios mío qué vicio!
Con el número ocho, el
gran George Best y sus sentencias: “En 1969 dejé las mujeres y el alcohol;
fueron los peores 20 minutos de mi vida” o “He gastado mucho dinero en mujeres,
coches y alcohol… el resto lo he malgastado”.
El siete es para Zidane,
que a pesar de venderse como una ONG, también perdió la cabeza (hacia delante)
durante un instante de su carrera.
El seis en este equipo
loco, que elaboro a vuela pluma y sin darle demasiada importancia al orden, ya
que solamente pretendo que mis lectores se rían un rato, es para Dimitri
Radchenko. Un tipo tan despistado que pasaba más tiempo en las nubes que
cualquier astronauta ruso. De hecho, en una ocasión marcó un gol y lo celebró
por todo lo alto… hasta que le dijeron que su equipo, el Racing, perdía todavía
2-1.
Hilando con esta historia
alcanzamos el cinco. Uno de mis jugadores fetiche, ‘Mágico’ González. Ha sido
la culminación de la vida disipada en el fútbol. El delantero salvadoreño se
quedó dormido de resaca en el descanso de un partido en la camilla del
vestuario del Cádiz y no se dieron cuenta hasta que estaban ya sus diez
compañeros en el césped.
En el cuatro, número muy
de central, situamos a un defensa admirado por la grada de Los Campos de Sport,
Claudio ‘El Polaco’ Arzeno. Su historia con la vedette Alejandra Padrón, que
cayó desde un séptimo piso y las ramas de un árbol salvaron su vida, le hizo
llegar a Santander con una fama malísima. La vedette había denunciado por malos
tratos a Guillermo Coppola (el famoso representante de Maradona) y a Claudio
Arzeno, dos de sus ex. Al final, el argentino rindió muy bien, salvo alguna que
otra juerguecilla macarra.
En el número tres coloco
(nunca mejor dicho) al gran Diego Armando Maradona. Su celebración mirando a
cámara en el Mundial de México con los ojos fuera de órbita (perfecta expresión
en esta columna) me ha dejado marcado. A veces tengo pesadillas y le veo
corriendo hacia mí con esa cara de psicópata de ‘Las colinas tienen ojos VII’.
El dos de este ranking es
un número apropiado para el delantero paraguayo Orlando Giménez, uno de los
mejores goleadores que han pasado por el Racing. En la temporada 78/79 le
endosó un hat trick al Español y los cántabros ganaron 2-3. Lo curioso es que
el atacante sudamericano no había dormido un minuto y se había corrido una
juerga de las que hacen época en Barcelona, para terminar con dos mujeres en la
habitación del hotel. Su entrenador Nando Yosu le vino a decir que ni sanción
ni nada, que la siguiente farra corría de su bolsillo. Esa campaña terminó con
once goles y fue el máximo goleador del Racing.
El número uno es para
Robin Friday, al que le debo una columna íntegra. Se hizo famoso por sus
golazos, pero no pasó de jugar en el Reading, en la tercera división inglesa,
antes de irse a vivir a una comuna hippy. Peace&Love y marihuana. Murió con
38 años, víctima de una sobredosis de heroína.
Estos balones se salieron
de su trayectoria más que un disparo a puerta de Tchité. Lo cierto es que
podría seguir con otros diez o veinte jugadores de este tipo: Felipe Melo y su
hacha de guerra, las bromas pesadas de Jose Sietes, la de Garrincha en la final
de Chile 62 y mil historia más… Pero señores, esto no es un libro, es una
columna con espacio finito, así que me despido hasta la semana que viene.

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