Juan Bas y la Gimnástica

Juan Bas no es un delantero goleador ni jugó en la Gimnástica de Torrelavega. Ni siquiera es futbolista. Juan Bas es un escritor bilbaíno que mezcla en sus obras humor negro, gastronomía y erotismo en una coctelera que podría agitar Quentin Tarantino. Bueno, más bien Tarantinoak, porque Bas, también guionista, es muy vasco, o mejor dicho, de Bilbao centro, y sin ser nacionalista, que tiene más mérito.

Se preguntarán que tiene que ver este tipo con el fútbol y la Gimnástica, pues bien, en 2002 publicó la novela Alacranes en su tinta. A los seguidores más radicales del Racing les gustará saber que en sus páginas el ficticio entrenador del Athletic de Bilbao, Josean Aulkitxo (banquillo, en euskera), muere atado a una silla, desnudo de cintura para abajo. Le golpean con un balón en la cabeza hasta producirle una conmoción cerebral, aunque la causa real de la muerte es que le revientan las tripas con una bomba de hinchar balones metida en un lugar que seguro se pueden imaginar…

Precisamente este personaje, años antes de terminar asesinado, ejerce como entrenador del Vasconia de Basauri. Se supone que en los años 70. Precisamente el psicópata protagonista, Antontxu, acude, en esa época, a ver un partido entre el Basconia y la Sociedad Gimnástica de Torrelavega. Así cita el autor al club cántabro.

Palabras textuales del protagonista de la novela de Juan Bas: “Era difícil discernir quiénes eran los más bestias. Al final del primer tiempo iban empatados a dos y ya habían sacado del Basoselai, el campo del Basconia, a tres lesionados. La hinchada de Basauri, cuatro a uno respecto a la de Torrelavega, se estaba calentando demasiado; de los tres coceados, dos eran del equipo de casa”. El peculiar cocinero-asesino y ex miembro de ETA continúa relatando su primera y única experiencia con el fútbol: “Transcurridos unos veinte minutos de la segunda parte ganaba la Gimnástica por tres a dos y el ambiente estaba cargado como una pistola. De repente, en una confusa jugada, marcó un gol Zaildura, delantero centro del Vasconia, un aldeano que me dijeron tenía fama de triturar patatas crudas con la mano.

El campo se vino abajo. Pero el pobre árbitro tuvo la mala ocurrencia de anular el tanto por fuera de juego. Comenzaron a llover sobre el césped todo tipo de objetos contundentes. El colegiado, un pequeñín que parecía ducho en estas lides, corrió al centro para estar lo más lejos posible de los lanzadores, pero no así de Zaildura, que lo tumbó de la primera hostia. Los jugadores cántabros acudieron en auxilio del árbitro y arremetieron contra los del Basauri”.

El tumulto que se monta es de aúpa y como han podido leer, los gimnásticos no salen mal parados en el relato. Hace años, como racinguista muy forofo, tenía cierta tirria a la Gimnástica, por algún amistoso de verano un tanto caliente. No me duró demasiado esa manía y ahora siento un sincero apreció por el club blanquiazul. Dirigí el periódico El Malecón en aquella inolvidable temporada con Carlos Terrazas de entrenador. Un sólo gol le faltó a la Gimnástica para cambiar su historia reciente y haber subido a Segunda de nuevo. Si mencionaba Alacranes en su tinta es justo citar otro libro gimnástico, La Real Sociedad Gimnástica vista desde ‘El Dobra’ de Joaquín Díaz y Javier Quinzaños. En este libro se recogen los artículos relacionados con el club que aparecieron en la revista Dobra. Una publicación dirigida por Joaquín Díez Blanco, mi abuelo paterno y por tanto imposible ignorar también mi pasado gimnástico… También racinguista, con Álvaro Zubieta, jugador de aquel primer Racing de 1913 y también familiar de la rama paterna. Por eso es triste que estos dos clubes cántabros no tengan una relación más fluida, más familiar, en los últimos años. Somos pocos y deberíamos estar bien avenidos en el fútbol cántabro.

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